esa es la Iglesia: o la Iglesia que acepta la Resurrección y sale, o la Iglesia temerosa, encapsulada, metida en sus cosas, defendida con los alambrados de las proscripciones, y que lleva a un camino histórico infecundo. O la Iglesia fecunda, que sale a predicar y por supuesto, termina en el martirio, o la Iglesia que se queda, equilibradamente… mirá che, esto es un fantasma, no nos fiemos de esta alegría porque nos puede pasar lo de antes, seamos prudentes, bendita palabra mal usada. La prudencia cristiana es la que te empuja hacia afuera, es la virtud del obrar, no la virtud de resistir. Entonces, ¿qué sucede? Una Iglesia que sale a predicar termina como terminaron los que salieron a predicar, en el martirio, o en el desgaste, o en la soledad o en las pruebas exteriores. Pensemos en ese trozo de la Madre Teresa de Calcuta que cuenta su noche interior, donde hasta creía que Dios no existía. Pero siguió, siguió, siguió, siguió. Esa es la venganza del demonio a esa Iglesia que es fiel a Jesús resucitado y cree en la Resurrección… y yo los envío a los confines de la tierra y salen. O sino la otra Iglesia, la que se quiere quedar en el Cenáculo, una Iglesia educada, muy “pipi cucú”, muy de salón, y ahí esa Iglesia encerrada se empulga, se empioja. Recién di el ejemplos de los apóstoles que van al martirio, la Madre Teresa, no voy a dar ningún ejemplo de Iglesia empiojada, porque basta que ustedes lean un poquito. Solamente vimos uno hace un ratito, al padre Grote que lo aprietan para que renuncie, y en esa Curia, vaya a saber los chismes que se cocinaron para lograr ese apriete. Esa es una Iglesia empiojada, la Iglesia de internas; entonces cuando ustedes vean una Iglesia de internas, disparen… no es la de Jesús Resucitado: es la que cree ver un fantasma o la que le tiene miedo a la alegría. Las internas de la Iglesia empiojan el alma. Y hay gente que apuesta fuerte a las internas, y prefiere una persecución entre hermanos a una persecución de afuera. Ambas las maneja el diablo, con diversos métodos, el mismo Pablo… y Pablo fue, en gran parte, víctima de las internas eclesiásticas de esa época.